lunes, 17 de agosto de 2015

Tamaulipas

Corrimos, todos corrimos hacia el norte ¿O hacia el sur? No lo recuerdo, era la una de la tarde, eso sí lo sé pues el reloj de la Iglesia estaba justo frente a mi y las campanadas marcando la hora exacta me provocaban un dolor agudo en la sien.

Cuarenta y ocho grados de temperatura, pero se sentían como mil, mientras decenas o centenares de persona huíamos de algo, una polvareda se levantó por toda la algarabía y yo sentía la garganta y la lengua llena de tierra.

Huele a sangre, hay mucha sangre en la tierra café, está caliente y tiene burbujas, como si eferveciera.  A mi lado, junto con la muchedumbre pasa un sacerdote con túnica verde, lleva en sus manos un báculo dorado y camina con seguridad y calma hacia la Iglesia.

Hay música, es el sonido fuerte de un órgano pero es una melodía de fiesta, sonidos andinos, alegres, rápidos y a la vez lúgubres, el sudor recorre mi nuca y mi espalda, a pesar del intenso calor siento escalofríos, ya no corro, sólo camino con cansancio al igual que los demás.

Esto es desconcertante, mis piernas ya no responden, intento seguir adelante pero no sé de que huyo ni qué hago aquí, a unos metros de mí veo un cadáver que la multitud carga por encima de sus cabezas, como si fuera un público que carga a su ídolo en un concierto de rock en señal de admiración.

Es un hombre como de cuarenta años, muy delgado, de poca estatura, usa un pantalón negro manchado de tierra y una camisa blanca, desgarrada y con manchas rojas y cafés. Está acostado boca arriba pero su cabeza cuelga hacia atrás y así puedo ver sus pómulos pronunciados, un negro bigote y su piel gris resaltando de sobremanera sus ojos abiertos, blancos y perdidos.

La muchedumbre avanza con paso firme, ya no huye; ya no tienen miedo, se refleja en sus rostros la ira, aprietan los dientes, escupen en la tierra y la música sigue, el calor ahoga los gritos, el aroma ahora es a copal...

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